“LA MUERTE NIÑA” EN EL PATRIMONIO
En el siglo XIX, la población infantil jalisciense fue azotada por implacables epidemias, como el cólera morbus, la viruela, el tifo, el sarampión, la tosferina y la disentería. Tan solo en Guadalajara, la viruela cobró la vida de aproximadamente dos mil personas y representó el 42% de las defunciones registradas en el Estado durante ese siglo.
Debido a la elevada incidencia de fallecimientos infantiles, desde los primeros meses de vida hasta los cinco años, el tratamiento funerario que recibían las infancias dio origen, en el imaginario colectivo jalisciense, a un fenómeno cultural y ritual conocido como “la muerte niña”.
El concepto del niño angelito es una construcción sociocultural y religiosa profundamente arraigada en Hispanoamérica. Se refiere a los niños pequeños que fallecían sin haber cometido pecados y cuya pureza e inocencia, según las creencias de la época, los convertían automáticamente en ángeles que ascendían al cielo. Por esta razón, las ceremonias funerarias adquirían un carácter festivo y místico.
El ritual para preparar a los menores fallecidos consistía en disponer una mesa de madera para exponer sus cuerpos. Esta se cubría con una sábana o mantel blanco, sobre el cual se colocaba al pequeño con la ropa que llevaba al morir o envuelto en una sábana. Los padrinos de bautismo eran los encargados de amortajarlo, es decir, de vestirlo con una indumentaria especial. Esta podía ser el ropón blanco del bautismo o un traje confeccionado para la ocasión. Las niñas podían ser vestidas como la Virgen María, mientras que los niños podían llevar atuendos del Sagrado Corazón de Jesús o de san José. También se les elaboraban pequeños huaraches de papel y listón dorado o, simplemente, de palma. Los vestidos se adornaban con flores naturales o estrellas de papel.
“La muerte niña” dio origen a diversas expresiones del patrimonio material e inmaterial durante el siglo XIX, muchas de las cuales han caído en desuso. Entre ellas se encuentran los rituales funerarios, las mortajas, los rezos, las celebraciones, la literatura y la música, así como manifestaciones materiales como la pintura, la fotografía y la escultura.
Entre los fotógrafos que retrataron a menores fallecidos destacan Juan de Dios Machain, en Ameca, Jalisco; José Antonio Bustamante Martínez, en Zacatecas; y Rutilio Patiño y Romualdo García, en Guanajuato. También sobresalen A. Martínez y los hermanos Casasola, en la Ciudad de México. Gracias a su trabajo, se conserva un valioso patrimonio fotográfico que permite conocer y comprender esta tradición funeraria.
En la pintura destacan las obras al óleo y al temple del jalisciense José María Estrada, artista del siglo XIX que retrató al niño Eustaquio Martínez Negrete en 1842. También existen pinturas anónimas realizadas para lápidas o epitafios en las gavetas de los columbarios, como la dedicada a la niña Maclovia Martell, en el Panteón de Belén, en Guadalajara.
En cuanto a la escultura funeraria infantil, el Panteón de Belén alberga el pequeño sarcófago tallado en piedra del Niño Nachito. También existen representaciones escultóricas de niños Dios, angelitos y niños alados, elaboradas mediante talla en piedra. Entre ellas destacan las obras de Benigno Montoya Muñoz, nacido en 1865, quien realizó esculturas para lápidas infantiles en el cementerio de Durango.

