1 de marzo de 2026
Cultura / Sociedad

LA (IN)CONSCIENTE ARROGANCIA DE LA EDUCACIÓN AMBIENTAL

“Dime de qué presumes y te diré de qué careces”. Este conocido refrán diagnostica con precisión una crónica patología de la Educación Ambiental. Se presume de una enseñanza que se dice “universal”, pero careciendo de la humildad necesaria para entender que el mundo no cabe ni se agota en el laboratorio. Inconscientemente, se ha instrumentado con una soberbia hegemonizante, sembrando un estéril monocultivo del pensamiento donde se asume que Occidente, mediante su ciencia moderna, posee el monopolio absoluto de la verdad sobre la naturaleza. Esta actitud no educa; constituye una violenta imposición epistemológica.

Con sarcasmo, Occidente ha manejado el conocimiento ambiental como una liga futbolística corrupta: Juegan el partido creyéndose dueños del balón y del reglamento, pitando sistemáticamente “fuera de lugar” a cualquier saber ancestral que intente dirigirse al balón. Es un juego amañado donde el Norte Global funge como árbitro y jugador estrella, mientras todo el Sur es relegado a la grada a ver cómo destruyen el césped y manipulan el marcador en nombre del falso progreso.

Esta postura perpetúa lo que Aníbal Quijano llama “colonialidad del saber”. Al validar únicamente la racionalidad occidental, la EA actúa como capataz intelectual al servicio de este voraz extractivismo. Ante ello, Boaventura de Sousa sostiene que si ignoramos las “Epistemologías del Sur” cometemos un “epistemicidio”. Él propone una ecología de saberes, donde la ciencia converse horizontalmente con la medicina tradicional y las técnicas de alimentación indígena y campesina, validando la compleja milpa frente a la hegemonía agroindustrial.

Este reclamo resuena también en la cultura popular donde basta escuchar a Calle 13. Mientras el mercado (im)pone precios, el sur responde: “Tú no puedes comprar el viento, tú no puedes comprar el sol, tú no puedes comprar la lluvia”. No es solo una estrofa, es un manifiesto político contra la privatización que nos recuerda que “mi tierra no se vende”. Nos restriega en la cara que la naturaleza no es simple mercancía bursátil y que, sin esa conexión vital, solo queda una tierra inerte.

Es necesario transitar hacia una geografía intercultural. En el sur de México (tsotsiles) y los Andes (quechuas), el “Buen Vivir” (Lekil Kuxlejal o Sumak Kawsay) materializa esa resistencia. Ellos no ven recursos explotables, ven parientes sagrados y viven comunalidad. ¿Despreciaremos estas cosmovisiones como “mitos atrasados” mientras nuestro “avanzado” modelo industrial nos conduce, con precisión de GPS, directo al abismo?

Aprender de estos pueblos es vital, pero cuidado: la inclusión real no consistirá en agregar un capítulo de culturas indígenas al libro de ecología para calmar conciencias progresistas. Eso es puro turismo académico barato; otra forma de violencia extractivista que banaliza lo sagrado y ancestral. Debemos rechazar todo adorno exótico de su currículo.

La crisis civilizatoria exige humildad. Nuestras respuestas tecnocráticas han fracasado. Necesitamos descolonizar la racionalidad dominante en el ambientalismo promoviendo una rebeldía epistemológica urgente. Pero, ante el colapso inminente, ¿seguiremos dictando cátedra mientras el mundo se cae a pedazos? La supervivencia no está en la soberbia del soliloquio científico occidentalizante, sino en la fertilidad de un verdadero diálogo de saberes.

Sobre el autor

Néstor Gabriel Platero Fernández es geógrafo y maestro en educación ambiental. Coordina el área educativa del Museo de Ciencias Ambientales.

Para saber

Crónicas del Antropoceno es un espacio para la reflexión sobre la época humana y sus consecuencias producido por el Museo de Ciencias Ambientales de la Universidad de Guadalajara que incluye una columna y un podcast disponible en todas las plataformas digitales.

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